Todo por una garota Noviembre 27, 2007
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IPANEMA
Después de caminar las cinco cuadras que la separan Copacabana, me dí cuenta que estaba en un lugar diferente, y es esa distancia, solo que en forma de curva ya que las playas en esta zona se dividen de morro a morro.A diferencia de su famosa vecina, Ipanema tiene más nivel social, económico y cultural. Basta con recordar los poemas de Vinicius de Moráes y de Carlos Antonio Jobím, de hecho “garota de Ipanema”, uno de los himnos de la bossa nova fue escrito en un bar cercano. Las playas son bien diferentes. Más anchas y rectas, de hecho la arena parece ir en camino recto hacia Leblón y el centro está repleto de locales comerciales de primeras marcas. Desde Louis Vuitton hasta H.Stern, desde Mont Blanc a Cartier. Los brasileños dicen que es “chick” aunque los años pasen, porque trata de estar siempre a la moda. Los edificios no son esas moles de cemento rectangular repletos de ventanas, mas bien son antiguas construcciones que se van modernizando. La gente tampoco es la misma, allí gastan a dos manos y nadie intenta venderte réplicas de camisetas, o pareos, o carteras, o toallas como sucede en su vecina venida a menos.Este es el sitio donde los gaúchos y paulistas de dinero tienen sus residencias de fin de semana y dejan a sus hijos adolescentes surfers que practiquen el deporte y que se diviertan en sus discotecas, lejos de los cabarets y prostitutas que están pasando la curva. La comunidad gay tiene su balneario a la vista de todos, sin esconderse, como se vive aquí.Es el barrio donde hay dos bares que están enfrentados, y no solo por su ubicación (uno en cada esquina) sino por la autoría del famoso tema que describí líneas arriba. Como nadie pudo precisar en que lugar exacto fue escrita la letra,y como los músicos iban indistintamente a uno u otro, se bautizaron “Vinicius” y “garota de Ipanema”, aseverando que en sus mesas ocurrió todo. Aunque los dueños todavía se odien saben que las ganancias siguen siendo buenas y que la historia no pasará de moda.
A praia mais grande do mundo Noviembre 27, 2007
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COPACABANA
Llegué a Rio con lluvia. El cielo encapotado no dejaba ver ni siquiera el Pan De Azúcar, uno de los cerros característicos del lugar. Tránsito pesado, motos que te superan por cualquier parte, pobreza a ambos lados de la rodovía (autopista) y olor a alconafta ( esa mezcla de combustible que tienen la mayoría de los autos).Copacabana es la playa más popular, la de mayor historia, pero sin embargo no es la más bonita. Que algunos poetas se hayan inspirado para escribirle, me lleva a la conclusión que este barrio se fue quedando en el tiempo. Lo veo en las fachadas de los edificios, algunos descascarados, pintados de colores opacos, sin brillo. Los comercios se asemejan a viejos almacenes. Las tiendas , en su mayoría, vende ropa ilegal: camisetas de futbol, toallones , quizás las famosas ojotas Havaianas (que se consiguen hasta en farmacias) sean los únicos artículos originales. Si vale la comparación, me recuerda a Mar del Plata en la zona de playa Bristol. Hasta la gente parece sacada de alguna película de la década del 50.Nos recomendaron no salir hasta muy tarde por la inseguridad que existe, sobre todo cuando uno es extranjero y se nota que lo es. Cenar carne al espeto corrido o petiscos salados (algo así como una gran picada que incluye pescado, camarones, bolas de queso a la milanesa y pizza de peperoni) y volverse al hotel. Salvo que se alojen en el Othon Rio y que se depriman en sus habitaciones que fueron arregladas con pésimo gusto.Esto es Copacabana. La famosa “Praia más grande do mundo”. La que mezcla glamour y ordinariez al mismo tiempo. La que mira al mar y le trata de dar la espalda a la pobreza. Como una mujer de sesenta y largos, pintarrajeada, algo pasada en kilos pero con perfume importado.
Calor, dólares y gasolina barata Octubre 19, 2007
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Maracaibo
El recuerdo que tenía de esta ciudad venezolana era el de una temperatura sofocante y el de los constantes cambios climáticos que uno debía soportar cada vez que salía a la calle. Dentro del hotel el aire acondicionado a 22 grados, afuera 35º húmedo y soleado, al subir a un auto volvía a caer a menos de 18º. Todo propicio para perder la voz o sufrir una gripe.
Regresé tras siete años y por el mismo motivo, la cobertura periodística del partido entre Argentina y Venezuela por las eliminatorias. El calor era el mismo, pero la ciudad había cambiado. El tranvía ahora es un medio de locomoción importante entre tanto auto importado, sobre todo los viejos gigantes americanos. Esos Lincoln negros que consumen nafta que da miedo, o los Chevrolet de frente cuadrado que gastan como mujer divorciada. Pero eso poco importa en la tierra del petróleo. Un litro de gasolina cuesta 100 bolívares (el cambio oficial marca un dólar = 2100) o sea que para llenar un tanque se necesitan menos de u$s 2, si leyeron bien, lo que en nuestro país valen 4 litros.
El poder de Hugo Chávez se basa justamente en los pozos petroleros, el barril se cotiza cerca de los 90 dólares, y si tenemos en cuenta lo que produce diariamente Venezuela, se podría decir que la economía de este país gana a diario 250 millones de la moneda americana. Hagan la cuenta del poderío económico si se calcula este número por 365 días.
Otra de las curiosidades que uno encuentra en este lugar las vive apenas pisa La Repùblica Bolivariana. Los maleteros del aropuerto”La Chinita” (Virgen del lugar) comienzan a ofrecerte cambio. Claro, hay un mercado negro que te ofrece entre 4000 y 4500 bolívares por dólar (cuanto mas se cambia mejor se cotiza) el doble de lo que uno puede conseguir en un banco, aunque esto todavía es más complicado. Los venezolanos solo pueden acceder a comprar “verdes” anotándose en una página de internet del gobierno, que luego de estudiar la situación puede aceptar o no el pedido, si lo hace, un ciudadano no puede adquirir más de u$s 600.
No es fácil decir a viva voz que uno está en contra del règimen (en el poder desde 1998), aunque tampoco los chavistas se hacen demasiado cargo. Salvo los empleados de la petrolera PDVSA, que son obligados a vestir uniformes rojos. El color impuesto por el Presidente.
La excusa de esta visita fue ver un encuentro, que como preveíamos, iba a resultar un trámite para el equipo argentino a pesar de la gran mejoría que han presentado los futbolistas de “la vinotinto”. Fue 2 a 0, pero pudo ser goleada.
Felicidad carioca Septiembre 21, 2007
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A los 35 años conocì Rio de Janeiro. Algunos compañeros de trabajo se sorprendieron cuando les comentè que era la primera vez que iba a la ciudad màs bonita do mundo. Eso dicen los cariocas.
En realidad estuve dos dias y solo recorrì Barra de Tijuca, la playa del sur, la zona exclusiva, el lugar donde se alojan los adinerados de la zona. Hoteles lujosos, condominios de ùltima generaciòn, calles limpias y seguridad por doquier.
Segùn me dijeron, el resto de las playas: Ipanema,Leblon y Copacabana, son màs populares, con playas inmensas pero con un incesante ir y venir de la gente, muchos comercios, por lo tanto, la suciedad està presente en cada esquina. Eso sì, las fuerzas policiales vigilan que no bajen a robar desde las favelas como lo hacìan años atràs.
Ahora uno entiende la alegrìa brasileña y siendo màs precisos, la felicidad carioca. En Brasil hay un dicho muy conocido:”Lo que trabajan los paulistas se lo gastan los de Rìo”, y es entendible. En invierno la temperatura no baja de los 20 grados, la arena se asemeja por su claridad, color y textura, al azùcar impalpable. La gente sale a correr, anda en bicicleta y va a la playa en cualquier momento. Tienen gran variedad de frutas, mariscos y cerveza, mucha cerveza.
No fuì al Cristo Redentor (una de las nuevas 7 maravillas del mundo), tampoco al Estadio Maracanà (el màs grande del mundo), pero sì pasè bordeando “Ciudad de Dios”, el barrio de emergencia que se hizo famoso despuès del film dirigido por Fernando Meirelles. Aunque comparado con las villas de emergencia que existen en los alrededores de la Capital, no parece tan humilde.
Ese fue mi primer vistazo de Rìo y debo admitir que me agradò. Espero no tardar 35 años màs en regresar.
Tierra de nadie Septiembre 12, 2007
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Pedro Juan Caballero (Paraguay)
A mediados de 1999 estaba cubriendo la Copa América de futbol en Paraguay. Nuestra base era Asunción, donde teníamos los estudios y de allí viajábamos hacia las otras sedes. Pero en la última fecha de la primera fase, el grupo que conformaban Perú, Bolivia, Japón (invitado) y el seleccionado local, se trasladaba más de 500 kilómetros, a Pedro Juan Caballero, en la frontera con Ponta Porá, Brasil. El viaje en avión no duraba más de dos horas, pero las intensas lluvias en aquella zona provocaron el cierre del aeropuerto. Había dos posibilidades: relatar el partido desde el centro de prensa o viajar en auto. La decisión de los directivos de la radio fue ir a la cancha.
La jornada doble arrancaba a las 19, por lo tanto salimos a primera hora para no tener inconvenientes. La camioneta, con dos choferes paraguayos, tenía ocho asientos, contando el del acompañante. Nosotros éramos cuatro: relator, comentarista, jefe técnico y campo de juego, o sea yo. Salimos a las 9 después de desayunar con un pequeño bolso de mano cada uno.
Las rutas tenían dos carriles, uno para ir y otro para volver. No existían las banquinas en la mayor parte del trayecto. Los baches y pozos se sucedían con demasiada frecuencia. La señal de celular desapareció a la hora de haber partido y cada tanto se cruzaban cebúes por el medio del camino. El tiempo transcurría como de costumbre, segundo a segundo, pero para nosotros todo era eterno. Habíamos calculado antes de partir, que a lo sumo, en ocho horas llegaríamos, teniendo en cuenta dos detenciones: una para almorzar y otra para necesidades fisiológicas. Pero faltaban 45 minutos para que arranquen los encuentros, y la delegación seguía sobre la ruta, sin olvidar que los conductores (lo confesaron luego) dialogaban en guaraní para que no sepamos que se habían extraviado.
Como siempre ocurre, un baqueano de la zona recomendó un atajo, y un rato antes del pitazo inicial, estábamos en la cabina. Aunque gran parte del primer tiempo se transmitió por teléfono de línea ya que no hubo chances de armar el equipo técnico. Lo que nos llamó la atención es que en la entrada del estadio, de cemento y con tribunas pequeñas, al lado del estacionamiento embarrado había un palenque. Pude ver ,y no miento, como se mezclaban las 4×4 y los BMW con bonitos ejemplares de equinos.
Los encuentros fueron jugados bajo una humedad irritante y por momentos con espesa niebla, lo que obligó al árbitro a detenerlos en varias oportunidades. Al terminar decidimos que lo mejor era ir a cenar y pasar la noche allí. Pero en esa ciudad la capacidad hotelera estaba colmada y el único restaurante abierto quedaba en el límite con Brasil.
Esa calle se denominaba tierra de nadie y según los habitantes del lugar podías encontrar lo que quisieras. Desde accesorios para el auto hasta puertas blindadas. El boulevard separaba los países. Mientras buscábamos el sitio para comer vimos grupos de personas en cada esquina que nos miraban con cara de pocos amigos. Íbamos a poca velocidad lo que les resultaba sospechoso. Eso imagino, porque no me bajé a preguntar.
El sitio era deprimente, aunque estaba repleto. Una luz ténue, amarillenta, mesas desmanteladas de madera, sillas que crujían en cada movimiento. El menú era escaso, y preferí ir a lo seguro. Sandwich de jamón y queso. No acepté la sopa. Demasiado poco para un estómago que reclamaba desde hacía horas. El mozo parecía un buen hombre y se quedó charlando con nosotros. Nos contó los problemas que había con el tráfico de drogas ya que es una zona selvática y los narcos se escondían por allí. Y también nos relató historias que daban miedo:”El negocio que mejor funciona es el de las funerarias. Aquí la traición se paga con la muerte. Ya sea una deuda o una infidelidad.”. Nos miramos y sin decir palabras, todos pensamos lo mismo: volver hacia Asunción.
Aún recuerdo el regreso. Detrás del micro que llevaba a la selección japonesa, siguiendo las luces porque la neblina no dejaba divisar ni siquiera los costados de la ruta. Todavía tengo en mi mente la cara de los jugadores nipones cuando hicieron una parada en una precaria estación de servicio. Haciendo cola para orinar en una tapera con solo un agujero en el piso. Hablaban sorprendidos, sonreían, filmaban y sacaban fotos con cámaras digitales. Nosotros todavía teníamos máquinas con rollo.
La ciudad infinita Septiembre 5, 2007
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San Pablo
Mi primer viajé como cronista fue en julio de 1998, hacía poco tiempo que me habían designado para seguir la actividad de Racing Club y debía seguirlo a todos lados. Entrenamientos, concentraciones, partidos, reuniones de dirigentes y todo lo que rodeaba al equipo. En esa época se jugaba la Copa Mercosur, donde participaban todos los que habían ganado la Libertadores alguna vez. Dos días antes del partido, el Gerente de la radio me llamó, me dió el pasaje de avión, viáticos por tres noches, el voucher del hotel y un celular. Me palmeó la espalda y me deseó suerte. Salía a la noche.
Nervios, ansiedad, placer, desesperación fueron solo algunos de los sentimientos que experimenté en las horas previas a mi primera cobertura internacional. Llamé a mis padres, a mi mujer (que en ese momento era novia), a mis hermanos y amigos para contarles la novedad. No necesitaba pasaporte, aunque lo poseía, pero no sabía -ni sé- hablar portugués. Me enviaron un remìs y de ahí al Aeropuerto de Ezeiza.
LLeguè a Guarulhos, a 20 kilòmetros del centro, mirè a mi alrededor para observar algùn rostro conocido que nunca apareciò. Las casas de cambio estaban cerradas y tratè de arreglar con un taxista el pago en dòlares. Desde ese dìa sè que se puede arreglar el costo de un viaje en cualquier parte del mundo. Todos tienen precio.
Tras 15 minutos de recorrido comencè a ver los edificios, las luces y un movimiento inusitado para esa hora (serìan las 23), le preguntè al conductor cuanto faltaba y me contestò que en 20 estarìamos en el hotel. Lo primero que pensè es que me iban a estafar, que me harìan dar vueltas por toda la ciudad; despuès supuse que me llevarìan a alguna esquina oscura y me asaltarìan. Mi perfil daba justo. Pero nada de lo que malpensaba sucediò.
Pasàbamos calles, avenidas, casas bajas y cuando uno esperaba el final de la ciudad, èsta renacìa con grandes moles de cemento, autopistas y autos, mucho autos, que despedìan un aroma especial, algo rancio (despuès descubrì que era alconafta, la mezcla de la gasolina con el alcohol y que es el combustible de la mayorìa de los autos brasileños).
El viaje terminò sin problemas, aunque el temor comenzò al otro dìa cuando me dijeron que el Estadio Morumbì, donde Racing enfrentaba a Corinthians, quedaba en la otra punta de la ciudad, a hora y media y que con el caos de trànsito podìa tardar aùn màs. Mirè un mapa, contè los billetes que me quedaban e hice cuentas.
A partir del otro viaje estudiarìa la ciudad que iba a visitar, y pedirìa màs dinero.
El chanta argentino Agosto 4, 2007
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No llevaba más de una hora en la ciudad de Toronto. Había dejado mi valija en la habitación de un lujoso hotel cerca del puerto y como hago siempre que puedo, salí a caminar por una ciudad desconocida para mi. Tomé el mapa, busqué Downtown y arranqué.
Pero cometí un error. Mi remera azul con cuello redondo celeste llevaba en el frente un calco de la copa mundial de futbol y la palabra argentina sobre ella. No pasaron mas de quince minutos y ocho cuadras para cruzarme con un saludo que podría haber ocurrido en Florida y Corrientes, pero se daba justamente en Younge st, frente al local de Starbucks.
Un compatriota, con cara de desesperado, me preguntaba si yo era periodista deportivo y si estaba allí por el mundial juvenil de futbol que se estaba por disputar en la ciudad. Luego de mi afirmación, este buen amigo se transformó en mi guía, aunque pasado algunos minutos, también fue convirtiéndose en una carga.
Debo decir que cuando viajo me gusta caminar solo y tener una primera impresión algo egoísta. Quiero ubicarme, perderme, encontrar locales de ropa, ver ofertas, mirar cds en las disquerías, observar los rostros o apretar el botón del semáforo que da paso al peatón. Esa sensación de estar en un lugar diferente sin tener rumbo fijo, es única y me agrada vivirla. Pero se había trastocado el plan inicial.
Ya que estábamos, aproveché para sacarle información. Hablamos de la cantidad de argentinos que vivían allí, a que se dedicaban, si era muy caro, donde estaban los restaurantes baratos, si había movida nocturna, como era el clima…y ahí apareció. Ese fue el punto de inflexión. Hasta ese momento todo iba encaminado, pero la temperatura fue el pretexto para que la argentinidad salga a flote.
-¿Hace mucho frío en invierno?, pregunté obvio y casi ingenuo
-Cuarenta bajo cero, contestó como si nada
-¡Debe ser terrible,no!, afirmé en forma estúpida
-¡No…es frío seco…no se siente, te abrigás un poco y salís!
Días después, averiguando algo más sobre Toronto, descubrí la ciudad subterránea, construída para que la gente evite caminar por las calles durante los meses de enero y febrero.
Historias de Nueva York (segunda parte) Julio 28, 2007
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Estoy en Bryant Park, un oasis de 100 por 100 entre la 5ta Avenida y la 42, a metros del centro del mundo.Times Square. Son las 7 de la tarde, el camino está rodeado por árboles frondosos y arropado por edificios de oficinas. Más arriba, el imponente Empire State observa como circulan miles de personas encerradas en su propia historia.
La plaza pública tiene wi-fi gratis y biblioteca al aire libre. Allí, bajo las sombrillas y sentados en simples sillas de madera el tiempo parece detenerse. A mi lado una china habla sola una mezcla de inglés con mandarín, gritando y escupiendo casi al mismo tiempo, mientras apoya sus pies sobre una valija con rueditas, tiene celular y i-pod, a simple vista parece estar loca; mas allá una pareja jóven de hindúes se besa y en cada interrupción ella aprovecha para escarbarle con los dedos las orejas retándolo, imagino, porque están sucias.
Un poco más lejos, grupos de dominicanos, cubanos exiliados y algunos gringos, fuman y juegan al ajedrez por tiempo. Otros, en su mayoría negros con sus cascos de obrero, juegan a las bochas y se pelean.
En el centro del parque, donde el césped está cortado a ras, algunos toman los últimos rayos del sol que se escapa, otros con trajes caros, beben iced coffee y chatean con sus laptops. Frente a mi Matías, mi amigo, permanece con los ojos cerrados y la boca semi abierta casi dormitando. Claro, el hace un año vive aquí, se siente un newyorker y esto que me pasa a él ya no lo sorprende.
Historias de Nueva York (primera parte) Julio 27, 2007
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La globalización trajo igualdad entre las distintas culturas, uno puede estar o no de acuerdo, pero sin dudas fue un paso adelante para aquellos que trabajamos con la información y podemos saber al instante lo que sucede en otros lugares. El deporte se enriqueció, la música fue adapatando ritmos diferentes al de sus raíces y los seres humanos comenzamos a vestirnos casi todos iguales, por no decir en su totalidad.
Quizás sea el tiempo que llevo alejado de mi mujer, pero estoy sorprendido por la occidentalización asiática, y cuando digo esto quiero aclarar en buen porteño:”que fuertes se pusieron las ponjas!”, uno las ve arregladas caminado por Manhattan, con sus vestidos “sex and the city”, sus fragancias importadas, su tamaño imponente (antes no veías a ninguna que mida más de 1.40), su andar recto, seguro, sus senos impactantes, tomando la pole position en cada paso, sus jeans apretados para decir no te quedes con mi llegada, también date vuelta.
Pero lo que no puedo creer es como se fueron agrandando sus ojos, ahora lo lograron. Antes uno veía las series japonesas de Meteoro, Astroboy o Pokemon y notaba que los personajes nacidos en Tokio, o en Kyoto no tenían sus rasgos naturales, por el contrario, eran globos oculares de tamaño XL. Allí nos dábamos cuenta de lo importante que era parecerse a los del “otro lado”.
Las mujeres lo han conseguido!, son iguales o, mejor dicho, mas lindas que las occidentales. Ahora el tema será distinguir su nacionalidad. Las japonesas están a la vanguardia, las chinas parecen demasiado sumisas, filipinas y tailandesas son muy delgadas para mi gusto. En fin, las callecitas de Manhattan tienen ese queseyo, viste?