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La carta (cuento) Enero 7, 2008

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     Escuchó el portazo y se dió cuenta que ya no volvería. Estaba seguro que alguna noche se iba a decidir dejar sus histerias, sus arranques, sus marcas, sus besos.

     Creo que su relación había nacido enferma. Vos siempre recordabas que en su primer encuentro brotó esa magia física que los hizo enamorar. Estaban tan ebrios que enseguida olvidaron sus nombres y lo único que les importaba era besarse y enfrentar las miradas que los acosaban sorprendidas, indignadas. Que frenético fue aquel debut sexual en la cama de sus viejos, esa noche que la lluvia clavaba puñales al caer. Que viciosos fueron durante ese tiempo.¿Te acordás del verano en el sur, frente al lago, abrazándose con los ojos perdidos en el fuego, tapados con frazadas?. les decían locos y se descostillaban de risa.

     Te hubiera encantado seguir conociendo cada rincón de su cuerpo, cada sombra bajo sus ojos, cada fantasma que la rodeaba. Pero siempre eras vos el que arruinaba sus fantasías. Me acuerdo de aquellos domingos de invierno que nacían y morían en la cama; no le importaban los llamados de su familia y a vos tampoco los resultados del futbol. Creo que muchas veces ni siquiera se levantaron a comer. Solo íban al baño.

     Sé que la vas a extrañar. Sabés que esta vez se fue para siempre. Lo sentiste al escuchar la puerta cuando se iba, no hizo el mismo ruido que otras veces.

     Su amor, en este último tiempo, era una lenta agonía que ninguno de  los dos quería matar. Pero ambos sabían que había muerto aquella tarde. ¿Sabés de que tarde  te  hablo, no?. Si, fue esa, cuando te quiso dar algo que no merecías. Y te negaste. Y ella, siempre con más huevos que vos, decidió  afrontar. La felicito, y ojalá que le vaya bien. Tenés claro que lo cuidará, que lo hará feliz y que crecerá contento. Deberías pedirle perdón  por ser tan cobarde, por todos estos años. Y si te animás decíle eso que me contaste, que no querés que le diga nunca el nombre de su padre. Que no te gustaría que sepa que tuviste miedo.

     Aunque tu temor es que nunca pregunte nada.   

Todos los miércoles (cuento) Enero 2, 2008

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    Las gotas al caer hacían ruido sobre la persiana de metal que hay en mi cuarto. La lluvia atraía a la soledad. Me cambié y salí. Caminé las calles empapadas, vacías, quizás tanto como yo.

 Llegué a la estación. Parecía abandonada. Me acomodé debajo del techo y encendí un cigarrillo. El tren llegaba en diez minutos. Subí sin saber mi destino. Me senté. Un hombre iba en el vagón, miraba hacia fuera. Perdido, extraviado. Creo que también sufría.

 Bajé en Flores. Las gotas se habían convertido en finas estocadas. Crucé la plaza hasta llegar a Rivadavia. Caminé hacia el oeste. Nunca antes observé aquella avenida con tan poca vida. Casi agónica.

 Se acercó un tipo. Me dio un papel pequeño, amarillento, propaganda de mujeres bravas y porno show. Sonreí. Volví a mirar el anuncio. Tal vez estar entre un par de piernas no me haría mal. Fuí. Después de pagar la consumición y de echar a dos mujeres, vi a una oxigenada, con curvas pronunciadas, acodada junto a la caja. Tendría cuarenta años. La miré, le hice un gesto con la cabeza y la seguí. Subimos la escalera. Una gorda detrás de un escritorio inclinado y derruido me cobró, me alcanzó un forro y la llave cinco. Por el pasillo a la izquierda.

 Entré al cuarto. Me desvestí. Miré mi cuerpo en un espejo de dos metros de alto. Jugué un rato con mis pelotas. Ella llegó del baño, se quitó la bata y me empujó hacia la cama. Caí boca arriba. Creo que solo fue un suspiro. El turno no había concluído y, después de prender dos rubios nos pusimos a charlar. Los dias de semana con lluvia no atraen a los clientes.

  La esperé afuera. Salió una hora después y la invité a tomar un trago. Sonrió. Abrió su paragüas, se enganchó de mi brazo, me observó y dijo que conocía un buen lugar.

 A partir de esa noche, todos los miércoles, pasadas las dos, la espero en una esquina oscura de Floresta. Frente a las vías. Y vamos a su casa. Y nos abrazamos, nos besamos. Ardientes, fogosos. Por lo menos una vez por semana, aunque llueva, no me siento tan solo.

Wing Derecho (cuento) Diciembre 22, 2007

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   La pelota venía justo para una volea de derecha. Bombeada, con la velocidad justa, tuve tiempo de mirar hacia adelante para darme cuenta que los defensores estaban lejos, bajó mansa, apunté, y  pifié.   Quedé inclinado, en diagonal al arco, en un segundo que fue eterno y que se transformó en rabia.

Así comenzó mi corta historia en el futbol.

Tenía trece años ese verano, edad de novena división, y por medio de un conocido me tomaban la prueba en Ferro. Llegué a Caballito, me presenté al entrenador, y de ahí subí al escolar que nos llevaba a Pontevedra. El micro estaba repleto de pibes que compartían conmigo el sueño de jugar en serio, en cancha de once, con camiseta, árbitro y off side. Rostros  llenos de miedo a lo desconocido, silencio en la mayoría. Salvo algunos, los más vivos, que habían ido con amigos y no vivían esa sensación de estar viajando a la gran oportunidad de nuestras cortas vidas.

Siempre había jugado al papi, sobre baldosas, con pelota chica. Como era goleador, mi idea era probarme de 9, como Luque o Ramón Díaz, pero cuando llegamos al predio y vi que los centrodelanteros de las inferiores eran muy altos esperé para elegir el puesto.

Vidal, así se llamaba el técnico, nos sentó a un costado de la cancha. Explicó  que estaban buscando algunos jugadores para el campeonato que empezaba en marzo, que íbamos a jugar noventa minutos y que al terminar el partido iba a nombrar a los que volvían la otra semana. Éramos veinticuatro. Empezó a preguntar quienes atajaban, les pedía el apellido y los mandaba uno a cada lado. Siguió con el 4, 2,6 ,3, 8,5,10, antes de llegar al 7, miré a un costado y vi dos mastodontes de dos metros (en realidad medirían uno setenta, pero me llevaban 20 centímetros) que seguramente jugaban al medio, así que cuando dijo wing derecho, levanté la mano y dije :¡Serrano!. Levantó la vista , tomó una remera verde y me la tiró.

Después de esa pifiada me saqué la mufa. Tuve un par de buenos centros, algunas gambetas en velocidad y una linda pared con el ocho, que terminó con un derechazo cruzado que atajó el arquero. A cada rato miraba a Pereda, el siete del otro equipo, un  pibe tan bajo como yo, con mas habilidad pero menos pique. El partido terminó 1 a1. Uno de los grandotes metió el nuestro después de un rebote y el diez de los otros clavó un bombazo desde lejos que dejó a todos sin palabras.

Llegó el pitazo.

Vidal nos mandó a tomar agua y dió cinco minutos para juntarnos en el borde de la cancha.

Mientras caminábamos al vestuario se me acercó el dos nuestro.

-quedaremos?

Yo lo miré como atontado, recién ahí me dí cuenta que estaba por llegar la hora mas crucial de mis pocos años. Hice la cola para tomar del bebedero, me mojé la cara y el pelo. Volví a observarlo.

-que se yo?

Y caminamos juntos hacia el patíbulo. Sin decir una palabra. Transpirados, ansiosos, con las medias bajas y sacando los mosquitos a manotazos de los tobillos lampiños.

-El  próximo martes a las tres de la tarde, arrancó el tecnico, tienen que ir a Caballito con botines y canilleras… Pertierra el cuatro blanco, Salcedo el ocho blanco, Muñoz el cinco verde, Cartelli el nueve verde y Serrano el siete verde.

Ensayé un puñetazo al aire en señal de festejo. Tuve la sensación que el corazón estaba a la altura de la garganta y por primera vez conocí el sabor de la gloria. Los cinco elegidos nos pusimos de pie, nos dimos la mano y fuímos charlando hacia el micro que esperaba a un costado. Todos éramos de barrios distintos. Unos vivían en Capital, otro en Florencio Varela y yo en Morón. Los demás caminaban detrás. Con pasos lentos y cabeza gacha. Más de uno tenía lágrimas sobre el rostro colorado por el esfuerzo. Miré al dos, al que se me había acercado antes y lo esperé. Cuando me vió, levantó la cejas, se mordió apenas el labio inferior  y me palmeó la espalda.

El regreso fue largo pero no me importó. Nos quedamos hablando con los otros que habían entrado. Donde jugaban, de que equipo eran hinchas, porque habían venido a probarse a Ferro, etc.

El micro nos dejó en la cancha. Algunos padres estaban esperando. El mío no porque trabajaba. Eran casi las siete. El sol seguía encendiendo la tarde de febrero. Caminé hasta la estación de tren  y en el andén lo ví. Allá sentado en uno de los bancos oxidados estaba Pacios, el central de mi equipo, el que quedó afuera. Me acerqué otra vez. Me contó que vivía en Merlo, que soñaba con jugar alguna vez en primera, que era hincha de Boca y que si no entraba en algún equipo tenía que estudiar industrial y en las tardes libres trabajar en un taller mecánico con su tío. Le dije que iba a tener otras chances, que no debía llorar, y me agradeció.

Años mas tarde, leyendo los resultados y las formaciones del ascenso, vi un central con el mismo apellido jugando en Almirante Brown. Quizás era él.

¿Qué pasó conmigo?, duré tres semanas más. El entrenador no dio explicaciones ni motivos, pero prefirió quedarse con los mismos jugadores que venían de infantiles. Ninguno de los que fuimos a la prueba siguió en el club.

La tarde que no me nombraron agaché la cabeza, tomé el bolsa, me dí una ducha y salí mirando hacia el frente. Caminé las cinco cuadras hasta esperar el tren que llegó rápido.

Busqué un asiento cerca del ventanal.

Estaba solo.

Y me puse a llorar.

Esa chica (cuento) Diciembre 14, 2007

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     Durante toda la semana había pensado en ella. Esa chica me perdía. Morocha de labios serpenteados, casi finos, con ojos negro tormenta y unos pechos que podían entrar en la palma de mi mano. Esa chica había entrado en alguno de mis sueños. El martes me había besado hasta las pestañas y el jueves me hizo el amor bajo la ducha.

     Esa noche íba a salir con ella por primera vez. No quise tomar una gota. Quería estar fresco y bien presentado. Me afeité con sumo cuidado para no cortarme, me puse unas gotas de ese perfume que solo se usa para este tipo de ocasión. Me tiré una camisa escocesa de primera marca. La campera de jean gastada era lo único que preservaba como amuleto. Marlboro box y chicles de mentol completaban mi puesta a punto.

Tenía todo pensado. Ir a cenar a algún restaurant simple, preferentemente de pastas; entrar al cine para ver una de esas películas donde se piensa muy poco; tomar unos tragos, y si todo salía bien, terminar durmiendo con ella en un hotel del centro que me habían recomendado y no costaba tanto dinero.

A la diez y cuarto la esperaba en la esquina más conocida de Belgrano. En la más concurrida a esa hora, para que no haya desencuentros. Y lo que descubrí es que, a las dos y media esa esquina está tan vacía como la calle que desemboca en la estación. Allá en mi barrio.

Una historia de pueblo chico (cuento) Noviembre 27, 2007

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Nuestro equipo andaba mal. Estaba por finalizar el primer campeonato del año y no pasábamos del sexto puesto entre diez competidores. Los primeros fríos se hacían sentir en el pueblo, lo que marcaba un invierno probablemente tan crudo como el anterior  y el receso de dos meses para arrancar el nuevo campeonato. Los ganadores de ambos jugaban la final en diciembre, y el vencedor  clasificaba al Regional “B”. Nosotros nunca lo habíamos logrado.

Sportivo Las Tejas, mi equipo, se había formado veinte años atrás, cuando nuestros padres eran jóvenes. La idea era juntarse con amigos, jugar a las cartas, tomarse unos vinos, comer un rico asado y jugar al futbol. Nada más. El tiempo fue transcurriendo y parte de aquella idea original aún perduraba en nosotros, los hijos de los fundadores. Pero también era cierto que jamás habíamos conseguido un título local. Era una condena implícita. El club le daba prioridad a otras cosas, aunque lo más importante y lo que más gente traía era el fútbol.

Una tarde de junio nos juntamos en el buffet. Serían las 6 de la tarde pero parecía medianoche. Tito, el capitán, quería comunicarnos la decisión que había tomado. Y cuando él hablaba se hacía respetar, no solo porque siempre fue un tipo cabal, sino que además era el hijo del presidente.

“Muchachos, me cansé de jugar por nada. Me cansé que en los otros pueblos  me carguen porque nunca llegamos a ninguna parte. Estoy podrido que nos llamen agua tibia porque no le hacemos mal a nadie. Esto ya lo hablé con mi padre, y aunque no estuvo de acuerdo, le dije que lo haría igual. Los viejos quieren reunirse en asamblea extraordinaria para tratar el tema, pero a mi no me importa. A partir del campeonato que viene vamos a traer refuerzos, por más que no tengan familiares en el club, aunque el estatuto diga que solo podrán ser jugadores del primer equipo los socios que a su vez son parientes de los fundadores. Si están de acuerdo bien, sino, el Municipal de Araucaria se está armando y le faltan jugadores. A partir de ahora juegan los mejores. Se entiende”.

Lo que sucedió a las palabras del capitán fue un silencio solo molestado por el viento que soplaba desde afuera y se colaba por la hendija de la puerta . Nadie levantó la mano, por lo que quedó aprobada la decisión. De hecho yo estaba de acuerdo, también me rompía las bolas cada vez que viajaba con el reparto y me cargaban los de otros pueblos.

“A partir del martes que viene empiezan las pruebas, el que conoce a alguien lo trae. Vamos a entrenar  tres veces por semana y algunos sábados a la mañana también. Ah!, me olvidaba, Don Julio no va ser más el técnico. Está grande y además no va a estar de acuerdo con los cambios. Al equipo lo voy a dirigir yo, si veo que hay alguien que está mejor doy las hurras, si no hay nadie, juego también. Alguna pregunta?”.

A esa altura todos estábamos tan sorprendidos que nadie atinó a nada. Tito saludó y se fue. Nosotros nos miramos en silencio buscando alguna seña, alguna sonrisa, hasta que el “pulga” se levantó y dijo:”Cagamos,ahora vamos a tener que laburar en serio”, la carcajada fue general, no solo porque descomprimió el ambiente sino porque él nunca había hecho nada. Después del secundario se metió en la Universidad de ingeniería, y en tres años solo había metido 5 materias. Un vago, pero gran jugador.

Las pruebas arrancaron con pocas novedades. A los muchachos del pueblo los conocíamos y salvo “El tero”, “Milonga” y  “el Ruso Turovich” , que eran buenos y tenían chances de ingresar, los demás eran más de lo mismo. Es decir, tenían menos o igual nivel que nosotros pero la ventaja era la experiencia en este tipo de competencia. Y eso era fundamental.

El 15 de agosto comenzaba el “Finalización” y cuando quedaba una semana para el debut ante Estrella de Salto Alto, apareció Don Julio con un muchacho alto, desgarbado, de pelo negro y corto, algo tímido porque casi no quitaba la vista del suelo. El viejo se acercó a Tito, le dijo algo al oído,le presentó  al  flaco que llevaba ropa deportiva, se saludaron con la mano, le hizo una seña y se puso a trotar con el resto. La verdad que lo que menos pinta tenía era de jugador de futbol. A la hora del picado, se armaron dos equipos, el supuesto titular y el resto, donde estaba el nuevo. “Se llama Ricardo”, gritó el Dt, pero a partir de ese día lo bautizamos “rifle”. Lo que jugó en esa primera práctica se sigue comentando hasta hoy. Se paró abierto a la izquierda, como un volante adelantado. En la primera que tocó, se la dio al 5 y fue a buscar la descarga, la recibió y fue imparable. Rápido, gambeteador y con una potencia demoledora. Esa tarde hizo 4 goles. Cacho, que era el titular, perdió el puesto para siempre y se enojó tanto que no volvió más al club. Y era comprensible, a cualquiera le dolería que su propio hermano lo saque.Pero de dónde había salido este tipo nos preguntábamos todos. El hablaba poco, casi con monosílabos, se cambiaba apartado de los demás y se duchaba último, cuando los demás nos estábamos por ir. Era raro, siempre solo, con su bolso azul gastado y los botines sin encerar.

Esa tarde nos cruzamos con Don Julio y le preguntamos de donde lo había sacado. Sobre todo él, que estaba tan en contra de la decisión de traer “extranjeros”. El viejo, con su simpleza habitual nos dijo que para él lo más importante era el equipo, la camiseta azul y blanca a rayas verticales, y que había que saber cuando los tiempos cambiaban. “Lo ví jugando en el barrio nuevo, ese que está atrás de la estación. Vino de Santiago del Estero a trabajar en el ferrocarril. Pobre, no tiene un peso. Le arreglé que después de cada práctica le preparen un paquete con comida. Pero vieron como juega,no?”. Y tenía razón. Porque en el primer partido hizo los 3 goles del equipo y fue fundamental en la victoria.

Lo que siguió después fue el campeonato que aún hoy sigue en la historia del pueblo. 18 partidos jugados, 15 triunfos y 3 empates. 53 goles a favor y 22 en contra. Campeones invictos y clasificados a la gran final por el pase al regional. “Rifle” hizo 32 goles, récord todavía no quebrado y un pueblo que llenaba cualquier cancha, y que como nunca se sentía identificado con el equipo. Tito solo dirigía, aunque “Pelusa”,su reemplazante era inferior a él como primer central,  prefirió dedicarse en exclusiva a trabajar con nosotros. El santiagueño seguía igual. Apartado de los demás, aunque siempre lo quisimos integrar. Buscando su premio en el buffet y yéndose muchas veces por la puerta de atrás. Escapándole al cariño de la gente, a los autógrafos, a las fotos y a las chicas que lo veían como un objeto sexual.  De día trabajaba en la ampliación de las vías y a la tarde practicaba. Así siempre, extenuado, rutinario, con la espalda vencida de tanto cavar.

La final se iba a jugar en la cancha de Newells. El entrenador le pidió al jefe de la obra que le diera 15 dias de licencia y éste, como era hincha del equipo, le dijo que además le daría doble ración de almuerzo porque lo veía muy delgado. San Lorenzo de Tostado tenía buen equipo. Habían ganado varias finales y tenían experiencia. Además entre los titulares tenían  varios jugadores que fueron profesionales y que cobraban buen dinero por ganar estos torneos rurales . Las dos veces que jugamos durante la temporada empatamos 0 a 0.

La semana de entrenamientos fue anormal. A todos nos habían liberado de nuestros trabajos. En ningún comercio nos querían cobrar lo que comprábamos. Yo todavía vivía con mis viejos, y todas las tardes cuando mamá regresaba del frigorífico traía dos bolsas llenas de los mejores cortes de novillito. A papá le cargaban nafta gratis en la camioneta. El pueblo estaba conmocionado. Era tanta la emoción que se vivía, que Pascual Amado, el Presidente del club, decidió que nos concentremos en un hotel de Rosario para que podamos descansar tranquilos. Todos los vecinos pusieron dinero para pagar el alojamiento, nos íbamos el sábado a la tarde en micro después de la merienda. Salíamos de la puerta del club.

Serían las 5 de una tarde tórrida, no había una gota de viento, los árboles apenas podían hacer sombra. La gente se había volcado al Boulevard para despedirnos con banderas, trompetas y tambores. Mi viejo me acompañó caminando las dos cuadras que separaban mi casa de la sede. Cuando llegamos vimos a todos los jugadores saludando a sus familias y amigos. Estaban todos. Menos “El rifle”. Cuando quise preguntar que había pasado, el técnico me palmeó la espalda y me dijo que me quedara tranquilo, que él iba derecho. Algo no andaba bien.

Llegamos al Hotel Riviera cerca de las nueve, repartieron las habitaciones dobles y Tito nos pidió que bajáramos rápido para cenar y tener la charla técnica, se lo veía raro, nervioso, algo impensado en él. A los 10 minutos estábamos comiendo en el restaurant con entrada, pastas, agua y postre. Un rato después, le pidió a los mozos que se retiraran, cerró la puerta y arrancó el monólogo:” Muchachos…les quiero avisar que Ricardo tuvo un problema…un problema grave…es difícil que pueda estar mañana”, alguien lo quiso interrumpir con una pregunta y enseguida lo paró,”No les puedo contar muchos detalles, solo les digo que se queden tranquilos, estamos haciendo todo lo posible para que pueda jugar el partido, no depende solo de nosotros, ahora el que tiene la respuesta es el Comisario González. Mañana despiértense a la hora que quieran, pero el almuerzo es 11.30 y a la una sale el micro. No hagan boludeces esta noche, el que quiere sale y vuelve antes de las doce, sin chupi…eh!!, se entendió?”. Todos quedamos callados como en aquella tarde de invierno cuando nos enterámos que íbamos a jugar el torneo profesionalmente. Nadie salió y nadie pudo dormir bien aquella noche previa a la final. La más importante de nuestras vidas.

El micro hacia el estadio salió puntual. No se escuchaban gritos, ni cantos. Tampoco había hinchas en la puerta. El camino fue corto, no más de 15 minutos. Llegamos al vestuario local, nos acomodamos, siempre en silencio y comenzamos a cambiarnos casi sin mirarnos a la cara. Parecía un velorio. El entrenador tomó una tiza y comenzó a dibujar las posiciones  en el pizarrón, iba por los defensores cuando apareció Don Julio, saludó a todos y le pidió a Tito que saliera un minuto. Al rato volvieron a entrar los dos, más un policía y Ricardo. No lo podíamos creer, gritamos, saltamos y fuimos enseguida a abrazarlo. Pero él no podía hacer lo mismo con nosotros. Estaba con las manos esposadas y con su gesto habitual, mirando el suelo sin decir una palabra. Un segundo después entró el Comisario, se sacó la gorra y le preguntó en voz alta:”Hablo yo o les decís vos?”, Ricardo permaneció en silencio, inmóvil, solo sus rodillas parecían estar con vida. González siguió:”Entonces se los digo yo…si estoy acá es porque soy hincha del Sportivo y quiero que salgan campeones porque de lo contrario me verían sin uniforme y alentando en la tribuna. Pero acá les traigo un estafador, un mentiroso, un delincuente…pero que es un gran jugador y es importante para el equipo. Esta persona no solo estafó a la gente de allá de Santiago y se tuvo que escapar de la policía para no ir a la cárcel, a nosotros nos hizo algo peor…nos mintió y como a mi los colores me tiran se los traje acá para que decidan que hacer. Si quieren que juegue, lo suelto y después del partido me lo llevo a la comisaría, sino, le digo a uno de los oficiales que lo mande ya mismo adentro. Total, a más tardar mañana lo trasladan. Está bien muchachos?”, nadie entendía nada. “Está bien Ramona?”, preguntó mirando al ”Rifle”.

Ricardo era Ramona Rosales, una asaltante de poca monta que robó dos años atrás en el edificio del correo de Santiago del Estero y que se escapó haciéndose pasar por hombre. Anduvo en varios pueblos hasta que apareció en Las Tejas. La policía de allá fue siguiendo el rastro porque sabían que era una apasionada por el futbol y que ya se había destacado en su provincia jugando contra hombres. Estaban seguros que en algún momento iban a saber de ella por ese vicio, y cuando se enteraron que había un jugador de sus características en la liga rural, se vinieron para agarrarlo.

¿Qué pasó esa tarde?. “El rifle” la rompió. Hizo los 2 goles del triunfo y lo vimos festejar y sonreír por primera vez. Fue el goleador más importante que tuvo la historia del torneo. Por supuesto que después nos quisieron sacar el título, pero Don Julio apeló la medida y demostró que en el reglamento no había ningún artículo que hablara de equipo formado exclusivamente por hombres. Y  lo tuvieron que aceptar. Fue nuestro único campeonato ganado, porque en el regional quedamos eliminados enseguida. Años más tarde, cuando todos nos habíamos retirado, la historia de aquel título se seguía repitiendo en cada bar, en cada esquina, en cada pueblo, y cada vez más exagerada, con finales diferentes, con situaciones distintas.

De ella, me cuesta tratarla como mujer, solo supimos que estuvo dos años presa y que cuando salió armó una escuelita de futbol mixto en Añatuya. Pero nosotros siempre lo recordaremos como “El rifle”, ese implacable definidor que quedó en la historia grande del pueblo con la 11 en la espalda. Su cara permanece jóven posando con los demás el dia de la final, en la foto que adorna el comedor del club.

         

La jugada (cuento) Octubre 24, 2007

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     No hay nada mas traumático que una mudanza. Cambio de barrio, de amigos, de escuela. Aromas diferentes, calles desconocidas, vecinos que miran a la distancia y otros que se acercan para chusmear. Si a eso le sumamos la visión de un niño de diez años, casi estamos enviándolo al patíbulo.

Cuando aparecí el primer dia de clases en 5ºA supe que iba a ser difícil pertenecer a un grupo. Las diferencias estaban bien marcadas. Los “quilomberos” en los últimos asientos, los “tragas” en las primeras filas, y en el medio chicas e insulsos. No tenía muchas chances de elección, además llegaba a la capital desde el conurbano, lo cual era un peso extra. Sentí el murmullo cuando llegué a la puerta y vergüenza cuando la maestra me presentó con nombre, apellido y en voz alta.

Hay dos formas de ser alguien importante a esa edad: jugar bien al futbol o tener fama de peleador. En realidad hay una tercera: tener arrastre con las mujeres, pero en mi caso recién les empecé a dar importancia dos años después.

Los primeros meses pasaron sin sobresaltos, sentado en la cuarta fila de ocho que existían, hablaba con la mayoría aunque no había entablado relación más que con Damián Peralta, mi compañero de banco.

Siempre esperaba la hora de gimnasia, la escuela tenía dos canchas de baldosas y el profesor  había prometido que iba a organizar un campeonato entre los dos quintos del turno mañana. En mi grado éramos veinte y en el “B” otros tantos, se armaron cuatro equipos de cinco jugadores, primero íbamos a jugar entre nosotros y el ganador disputaría la final.

Cuando llegó la elección todos querían jugar con Quique Laserre. Decían que era un crack, yo no lo había visto jugar todavía, era de los “vivos”, cabeza de grupo, fanfarrón y con guita. Desde ese dia le tomé bronca. Yo jugaba bien, bah, en mi barrio, allá en Morón, de donde había venido, siempre hice goles y era de los que elegían primero cuando se “pisaba” para armar los equipos.

El profesor nos juntó en fila y fue separándonos con nombre de paises que estaban clasificados para el mundial de España que arrancaba en unos dias. Trató de hacerlo parejo. Preguntó quienes atajaban y los puso primero, dos habían levantado la mano y a los otros imagino que los nombró porque  los conocía del año anterior y sabía que eran “troncos”. Luego pidió ocho defensores repitiendo el mismo procedimiento con aquellos que no habían solicitado el puesto. Los que quedamos fuimos examinados como si tuviéramos que ir a la NASA. A Quique Laserre lo puso en el más débil y hubo una ovación, a mi me nombró último. El desgano de mis compañeros lo sentí cuando me paré y fui a formar parte de esa fila india. Un largo uuuhhh me acompañó en esos escasos siete metros. Permanecí callado, sabía que lo mio iba a estar en la cancha, pero dudaba del equipo, si eran buenos, si me la iban a pasar, si eran morfones, si bajaban a defender. El gordo Savelón, el arquero, me miró y me dijo amenazante que me convenía hacer goles, porque siempre los nuevos debían pagar el derecho de piso jugando atrás. Lo miré y solo me salió una palabra:”pásenmela”.

 El equipo se trasladó al aula, ahora ya no estaba tan solo, mis compañeros me incluían en sus charlas de recreo y comencé a enterarme de secretos de los demás. No sé el motivo, pero Quique Laserre me miraba con asco como si pensara que yo era el enemigo, el que lo quería destronar, el que le iba a quitar a sus amigos. Y tan errado no estaba. 

Llegó el primer partido, nosotros eramos Camerún y jugábamos contra Francia. Eran partidos de veinte minutos sin descanso y a los diez se cambiaba de arco y se podía tomar agua. El primer tiempo fue parejo y sin goles, pero luego comencé a entenderme con Prieto, un morochito que no era muy hábil pero las corría todas, en una de esas escapadas levantó la cabeza, metió un centro al segundo palo y yo esperé que le sobrara al arquero para empujarla con la frente. Lo grité con fuerza y me abracé con los demás. Casi de reojo miré al costado para ver al resto de mis compañeros que se dividían entre Italia y Alemania para ver su reacción, pero estaban mas metidos en lo suyo que en nuestro partido.

Nos metimos un poco atrás, aunque táctica a esa edad no se aprende, empezamos a jugar de contra, y otra vez Prieto robó una pelota, me quedó picando a unos tres metros del área, le gané al defensor que estaba adelantado, y le dí derecha sin mirar al arco, busqué potencia y no ubicación, pero entró arriba, casi en el ángulo. Allí sentí que los de afuera estaban más atentos. Volví corriendo hasta la mitad de la cancha y escuché a nuestros rivales como se recriminaban. El profesor dijo que faltaban tres minutos.

Y en el final llegó lo mejor. Córner para ellos, estaban todos adelante, nuestro arquero me gritó que me quedara afuera del área. La pelota vino llovida, el gordo Savelón le pegó un  puñetazo y me vino a mi, la acomodé con el muslo y arranqué en mi propio campo, tenía adelante unos 25 metros y Glasserman, que atajaba para ellos, en lugar de adelantarse se fue metiendo para atrás, tenía mil maneras de definir, por arriba, esquivándolo, tocando a un costado, pero a medida que me acercaba pensé que lo mejor era amagarle, y cerca del punto del penal lo hice, el otro, con poca maña de arquero, se cubrió la cara, y yo toqué despacio cerca del palo. 3 a 0. Final y ovación. Desde ese dia las cosas iban a cambiar, solo debía  esperar una semana para el segundo partido, pero las clases ya tenían otro sabor.

Los “italianos”, con Laserre a la cabeza, ni siquiera cruzaron palabra con nosotros durante todos esos días. Había tanta pica, que ellos le dieron más lugar a las chicas (en esa época no estaba bien visto) que a los demás varones. Por supuesto que aquellos que habían perdido se dividían en el apoyo para lo que sería una final anticipada. Los del otro grado eran “de madera”, por lo tanto el que ganaba ese partido era campeón del grado y casi seguro del turno mañana.

Llegó el miércoles. Me levanté apurado y tomé la leche de un trago. Mamá se dio cuenta de todo porque cuando bajaba a tomar el micro escolar me dio un beso y me deseó suerte. Al llegar a la escuela todos hablaban del partido, o al menos eso me pareció. La hora de matemáticas pasó más lenta que de costumbre y el recreo sirvió para darnos ánimo. Era vida o muerte, así estaba planteado. Y así fue.

El profesor hizo jugar el partido por el tercer puesto que nosotros ni siquiera miramos. Es más, no me acuerdo como salieron. Hasta que saltamos a la cancha. No oía a nadie, no escuchaba ruidos, solo miraba a quique y él también a mi. Las rodillas no dejaban de moverse. Hasta que sonó el silbato. Sacaron ellos y fueron un vendaval. Tenían la pelota, la pasaban, gambeteaban, le pegaban de lejos. El gordo se revolcaba por todos lados, los pitucones del pantalón azul de gimnasia se le gastaban en cada atajada y el palo derecho nos salvó dos veces. Mi equipo era un desastre y yo no la había tocado. 0 a 0 y cambio de lado.

Me acerqué a Prieto, mi compañero de ataque y lo palmée en la espalda:¡vamos!, le dije, y él asintió mudo con la cabeza. Laserre sonreía hasta que lanzó la estocada con un grito:¡ dale ahora que están cagados!. Me dolió como un cachetazo. Mejor dicho nos dolió a todos y sirvió para reaccionar. Tomamos la pelota y ellos ya no dominaron tanto. Tuve una chance entrando por la izquierda pero salió desviada. Había tensión. Algunos gritos y más de una puteada, que el profesor se encargó de castigar. Pero como en las películas, los buenos siempre ganan y yo me iba a vestir de héroe.

Córner para ellos. Todos en el área salvo él y yo. Cabecea uno nuestro rechazando, la pelota nos sobra pero me gana en velocidad de frente a su arco, mitad de cancha, pelota picando, él de espaldas, y yo meto un pique, me pongo a la par y con el hombro lo empujo, él flojo se desparrama, grita pidiendo foul y el profe que dice que es cuerpo, y yo arranco, levanto la vista y lo veo a Castillo, el arquero contrario que me sale, la tiro larga a un costado para el perfil derecho, le gano y vuelvo a dominarla, miro el arco vacío y siento el jadeo detrás mio, imagino una patada artera de atrás, enceguecida, pero engancho hacia adentro y lo veo pasar con las piernas hacia delante como en un imaginario pase de torero. Toco suave con tres dedos a dos metros del arco. Gol y consagración.

Salí gritando a buscar a mis compañeros que saltaban y levantaban los brazos. Miré a mi costado y lo ví tirado a un costado del arco, el buzo lleno de roña y la cara roja de transpiración y odio. El llanto embarraba su cara también cubierta de polvo. Sonreí.

Ese dia fue el comienzo del fin de la era Laserre. Por supuesto que no quedó ahí, tuvo otros capítulos. Agarrada a trompadas en la esquina. Gritos de la madre en dirección pidiendo que me cambien de grado. Malas notas. Cosas comunes cuando el liderazgo cambia de mando.

Fuímos compañeros hasta séptimo y nunca nos hablamos. Como si fuera poco, el día de la primavera de 1984, la última de la primaria, le dí un beso a Paula, la chica que a él siempre le gustó y que nunca le dió bola. Pero esa es otra historia.          

  

           

 

La deuda (cuento) Octubre 4, 2007

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     Rubén siempre quiso tener dinero. Era ambicioso, trepador. Desde pequeño soñaba a lo grande. Autos importados, mujeres hermosas. Siempre hablaba de viajar al Caribe, a Europa, pasear en cruceros, caminar sobre arenas blancas.

En la adolescencia intentaba sacar ventajas hasta en lo mas mínimo, desde quedarse con un vuelto hasta armar estafas con tarjetas de créditos falsas. Así consiguió comprar su primer auto, un Mercedes modelo 78. Se juntó con políticos de bajo status en las reuniones del partido justicialista que buscaba candidato a intendente de Morón. Comenzó haciendo algunos trabajos sucios y cayó preso un par de veces por robo de documentación.

A pesar de eso lo seguíamos viendo por el barrio, chamuyando, exagerando su posición económica y prometiendo futuras inversiones que le iban a dejar varios miles. Sería principios de otoño cuando dejó de frecuentarnos, y a decir verdad, tampoco lo extrañamos.

Casi a fin de año nos juntamos a festejar en la pizzería de Manolo, y después de cenar y amagar varias veces con el último brindis lo vimos llegar. Andaba arriba de un convertible japonés cero kilómetro vestido de impecable traje azul. Entró y saludó a cada uno de nosotros como si el tiempo no hubiera transcurrido. Se sentó en la cabecera que siempre permanecía libre. Su aroma a Kenzo contrastaba con el perfume aceitoso del lugar.

Nos contó que había entrado en el negocio de las importaciones, que viajaba por el mundo, que se había volteado a mas de una de las modelos que aparecen por televisión y que eran el sueño de cualquier mortal, nos detalló cada polvo como si lo estuviéramos viviendo. Por un momento lo envidiamos.

Para festejar sacó la billetera, la platinum de American Express brillaba, pidió varias botellas del champagne mas caro, olvidando que allí solo se vendía cerveza, vino berreta y con suerte sidra. Pero se hizo cargo de la cuenta.

Antes de despedirse me pidió que lo acompañara al auto. Me rodeó con su brazo, el reloj y el collar de oro sobresalían de su camisa y me regaló un saco y tres corbatas.”Sé que las necesitás para tu trabajo”, dijo. Me abrazó fuerte durante varios segundos y partió. Siempre le había caído simpático, lo había comentado, pero jamás tuvo un gesto así conmigo

Era un domingo frío de marzo cuando golpearon la puerta de mi casa. Uno de mis amigos estaba afuera, desencajado. Volvió a golpear. Me apuré en abrirle. Sin saludarme entró, traía el diario en la mano, lo abrió por la mitad y lo dejó arriba de la mesa. Al ver el título mi alma se derrumbó. La foto de Rubén ocupaba gran parte de la página y el título de la nota todo el ancho:”MUERE NARCOTRAFICANTE EN AJUSTE DE CUENTAS”.

Todos sabíamos, en nuestro interior, que ese era el precio que debía pagar por querer pertenecer a un mundo distinto, por intentar tener poder cuando uno es medio pelo. Todos sabíamos como se pagan las deudas…todos…menos él.    

Fuego quemado (cuento) Septiembre 28, 2007

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Si no me equivoco, estuve casi tres meses sin salir de casa. Deprimido, sin ánimo para caminar las calles otra vez. Ella me dejó un dia de lluvia, de esos en que el cielo parece caerle a uno encima. Llegó, sacudió la cabeza intentando secarse el pelo, se paró frente a mi y prendió un Camel, ni siquiera se quitó el piloto. Fue muy clara, demasiado. Bajó la cabeza y sin esperar respuesta salió. Así de simple. Después de aquel portazo viví la época mas estruendosa. Alcohol, drogas, encierro. Era un ermitaño. No contestaba llamados, ni cartas. Deseaba no pertenecer mas a mi cuerpo.

Pero el tiempo logró cicatrizar la herida. Y de a poco volví a ver el sol, a mis amigos, a mi familia. Un año después conocí a la que hoy es mi mujer. La que supo comprenderme y apoyarme. Con ella aprendí que el amor se puede sentir de otra manera. Que la atracción física y sexual no es todo. Lola, mi esposa, tiene esa belleza simple, de chica de barrio. Con las curvas en su lugar, sin exhuberancias. Como dijo un amigo:”Es de la que te cruzás en la calle todo el tiempo”. Es la persona que me enseñó la palabra querer.

¿Y de aquella mujer?. De ella no supe nada hasta ayer. Cuando la crucé en una galería de Flores. Su figura seguía siendo tan llamativa como siempre. Me saludó con un gesto de sorpresa. Debe haber pensado que me había puesto un revólver en la sien después de su despedida. Me invitó un café y hablamos de los años transcurridos. Nada especial, solo que al irse me dejó su tarjeta perfumada con un “quiero volver a verte, te extraño” en la parte de atrás. Supongo que la escribió mientras estaba en el baño.

¿Y ahora?. La herida amenaza con reabrirse. Una parte de mi ha olvidado el dolor, pero la otra sigue mascullando rencor.¿Vale la pena regresar a la selva y enroscarse con una serpiente que intenta dejar otra vez su veneno?. Desde anoche no puedo quitarme esa maldita pregunta de mi mente. Miro a Lola sin dejar de amarla; recuerdo el pasado teñido de lágrimas color sangre sin dejar de recordar la pasión, el fuego.

Hace cinco minutos tomé una decisión mientras quemaba con el cigarrillo una tarjeta bordó impregnada de perfume francés. 

Veintiocho escalones (cuento) Septiembre 25, 2007

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La tarde se iba tiñiendo de noche. Las veredas comenzaban a vaciarse. La gente se apuraba por llegar a sus casas. Al doblar la esquina el paisaje cambiaba  notoriamente. Una calle angosta, vacía, con algunos autos estacionados y repleta de sucios edificios antiguos. Nunca le había prestado atención a ese rincón de la ciudad.

Pasé frente a una mujer que se apoyaba en una reluciente cupé de los años setenta.”Por veinte palos me hacés lo que te imagines”, me dijo. La miré, no estaba mal por la edad que aparentaba. Revisé mis bolsillos. Acepté. Me condujo hasta uno de esos departamentos venidos a menos casi en la esquina. Subimos las escaleras. Fueron veintiocho escalones. Abrió la puerta. “Tiráte por ahí”, me señaló.

El ambiente estaba bien decorado. Cortinas y sábanas color pastel. Paredes empapeladas al tono. Buen gusto y agradable aroma a lavanda.

Sentado en la cama la ví desvestirse y me dí cuenta que su equipo de prostituta le ayudaba bastante a mantener las formas en su lugar. Sus pechos y su cola fueron cayendo al mismo tiempo que la minifalda de cuero negra. Volvió del baño y se subió a mi para darle comienzo al juego. Cabalgamos en el colchón mientras nuestras sombras nos imitaban desde el techo.

Fue bueno. Me levanté y caminé hacia la heladera. Tenía sed. La cerveza estaba tibia.”Apuráte que tengo que seguir”, me gritó. Un ataque de ira se apoderó de mi. Clavé mis ojos en su espalda mientras me iba acercando con la botella en la mano. Ella seguía cambiándose sin mirarme. Los vidrios oscuros se confundieron con la sangre que brotaba de su cuerpo y mancharon el parquet. Me quedé con el pico en la mano. Le dejé los veinte palos mientras escuchaba sus gemidos sordos, sus puteadas. Bajé a la calle. Era de noche y las veredas permanecían desiertas.

Sueños Truncos (cuento) Septiembre 15, 2007

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De pequeño tenía un sueño, ser jugador de futbol. Pasaba horas frente al televisor mirando a sus ídolos e imitando gambetas en el aire. Su padre lo llevaba a la cancha domingo de por medio, cuando su trabajo se lo permitía. Allí gritaba, sufría y ensayaba sus primeras puteadas a los árbitros. Jugaba en el barrio, en la plaza con los pibes después del colegio. Ya le habían dicho que debía terminar la primaria y hacer el secundario, que si tenía buenas notas lo iban a dejar hacer la prueba para entrar en algún club.

Y él cumplió. A los trece años se fue al entrenamiento del club de sus amores, San Telmo. La mochila con ropa y temores fueron los únicos testigos de esa primera práctica en cancha de once. Le gustaba jugar adelante, sin puesto fijo, era zurdo, algo bajo para su edad, pero se las rebuscaba. Arrancó de wing esa tarde de verano y con el correr de los dias el técnico lo fue retrasando, primero como volante y a principios de marzo como tres. Lo ficharon allí, de lateral izquierdo de la novena.

Los años pasaron tan rápido como ese bachillerato incompleto en tercero. El reparto de la fábrica de galletitas y la rutina de ir a entrenar cuatro veces por semana culminaban con el partido de los sábados. El físico cuidado, fibroso, despejado de vicios lo ayudaron a pasar de categoría sin lesiones, con buenos partidos y varios goles, algunos inolvidables, como aquel a Lamadrid que le dio el pase a las finales de la cuarta, entrando por el segundo palo y tirandose de palomita a pesar de su escaso metro setenta.

Unos dias antes de cumplir dieciocho tuvo una gran noticia. Un club de primera, de los grandes, se había interesado en él. Era un dia de gloria, se sentía feliz. No había debutado en su equipo y ya lo habían marcado. No era mucho dinero pero importaba poco. Solo deseaba estar allí, con las figuras, ganarse un lugar, como lo hubiera querido su viejo. Lo vendieron.

Después de varios entrenamientos con el primer equipo se lo notaba distendido, maduro, sobrio con el balón, hasta daba indicaciones pidiendo relevo cuando subía al ataque. El técnico lo llamó aparte y le dijo las esperanzas que había puesto en su contratación. Le dio confianza y lo confirmó como titular para el debut ante Lanús.

La noche anterior, en la cama de la concentración, recordó sus sueños de pibe, su televisor, los botines depedazados, la camiseta de la selección con el diez de cuerina a medio surcir, la sonrisa desdentada del padre, las lágrimas de la vieja cuando cambió libros por pelotas. Estaba a horas de hacer realidad lo que había anhelado desde que tenía uso de razón. Y se durmió contento, como cuando era chico.

Subió al túnel. Entró a la cancha. Las tribunas repletas gritaban enloquecidas. Sus manos sudaban, las rodillas no dejaban de moverse. El gran capitán se le acercó, lo rodeó con el brazo sobre el hombro y le dio tranquilidad. Jugó y lo hizo en forma aceptable, cumplió y ver un 6 en la calificación del diario del lunes lo dejó tranquilo.

Con el correr de los encuentros ganó la titularidad, y a lo largo del torneo se fue afianzando. El periodismo lo señalaba como un jugador con futuro europeo, y algunos hasta exageraban pidiéndolo para la selección marcando la escasez de laterales izquierdos en el país.

Faltando una fecha para terminar el campeonato, su equipo, que había clasificado a la Copa Libertadores, visitaba a Ferro que no jugaba por nada. Irían 20 minutos del segundo tiempo, el partido no se movía del cero. Fue a trabar una pelota con el delantero local, y sintió un escalofrío inmenso en su pierna derecha. Fractura de tibia y peroné fue el diagnostico.

Tardó un año en volver, y cuando lo hizo, su puesto ya lo ocupaba otro. Tendría que esperar su turno sentado en el banco de los suplentes. Pasaron los dias y la hora del regreso se alejaba. El técnico que lo hizo debutar ya no estaba y al actual no lo convencía su forma de moverse en el campo. Lo dejaron libre. Se paseó por varios equipos del ascenso y después jugó en ligas del interior. Pero no fue el mismo. Todos lo olvidaron. Sus compañeros, los reporteros, los hinchas. Ni siquiera se le acercaron los dirigentes del club de su barrio.

Hoy recuerda sus sueños truncos mirando el futbol por televisión en el mismo bar donde me emborracho yo cada noche que necesito olvidar. En el bar frente a la estación.

El mensaje (cuento) Septiembre 10, 2007

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La ruta estaba poco transitada. Los primeros dias del otoño habían atemorizado a los conductores. A mis costados el campo amarronado y a lo lejos luces titilantes. Siempre me pregunté quienes vivirían allí, en esas casas que se ven pequeñas desde el camino.

Llegué a Villa Gessell. Su aspecto era distinto, el verde de los pinos apagado, las calles limpias de personas, las playas escondidas bajo las olas de un mar furioso de abril. La ciudad estaba tal como era, sin el maquillaje del verano, a cara lavada.

Estacioné el auto. Tomé el desayuno en el único bar abierto y salí a caminar por la costanera. Calle de buenos y viejos recuerdos.  Amigos, mujeres, peleas, borracheras, remembranzas de una época que ya no volverá. Mientras me acercaba al mar, el agua salpicaba la orilla y golpeaba mi cara dejando restos de sal en mis labios. Extraña sensación de poder infinito.

Seguí hasta el muelle observando cada casa, cada nube, cada una de las pocas personas que pasaba cerca. Toqué la puerta en casa de Mariano varias veces sin recibir respuesta. Hice seis cuadras más hasta la casa de su novia pero solo escuché los ladridos del perro en el fondo. Putié. Ambos sabían que venía a visitarlos y ni siquiera me estaban esperando. Tenía frío y poco abrigo.

Agüarde un rato, 45 minutos, quizás un poco más, y decidí volver. Esta vez por la Avenida 3 hacia el centro donde había dejado el coche. Enganchado entre el limpiaparabrisas y el vidrio una hoja de papel mal cortada y húmeda escrita con birome azul : “tu sangre es agria…tus gritos muerte…tus ojos espinas…tus manos puñales…Sandra”. Encerré el mensaje en un puño. Miré hacia los costados. Temblé. Pensé en ir a la comisaría. Dudé. Intenté serenarme y dí vueltas por la ciudad.

Anduve hasta la noche, fuí a los sitios más alejados, a lugares marginales. Me metí en bares donde solo entran los lugareños que tienen al silencio como mejor aliado, y ni siquiera ellos esbozaron una respuesta a mis cientos de preguntas. Desesperado y sin ideas claras decidí volver a Buenos Aires.

Hoy se cumplen tres años de aquel día y ayer fue el tercer aniversario del asesinato de Mariano. Sandra sigue internada en el neuropsiquiátrico con esquizofrenia múltiple. Nunca la fuí a visitar.        

El último adiós (cuento) Septiembre 1, 2007

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Todavía recuerdo sus ojos tristes cuando se despedía. Su nariz apoyada en la ventana. Las lágrimas y  una mano tímida  amagando un saludo.

La conocí en uno de esos lugares donde la noche tiene principio pero no final. Yo había bebido varias medidas de whisky berreta y el piso se movía como un tsunami. Cuando me clavó la mirada intenté convidar una sonrisa como respuesta, pero se pareció más un gesto de asco. Se acomodó a mi lado y charlamos. Por favor no me pregunten de qué. Solo recuerdo que me describía como triste y lindo. Fue un flechazo para mi corazón sediento de afecto.

Después vino un tonto musculoso, bañado en gel, oro y perfume importado que la tomó del brazo para hacerla desaparecer por la puerta de entrada. Salí a la calle y solo ví la parte de atrás del descapotable rojo bajar por la avenida hacia el sur. Jamás la olvidé.

Pasaron los dias, alguna chica, varias fiestas y soberanas borracheras. Solo quedaron los amigos, el bar y un recuerdo cruel. Fueron dos los malditos años que esperé para volver a verla. Y la crucé en la estación. Arriba de un tren que llevaba rumbo desconocido, puertas cerradas y pasajeros fantasmas. La ví en el peor momento, en la despedida. Porque sabía que ese era el último adiós.

No recuerdo nada más de ese día. Salvo la imágen de aquellos policías que me levantaron del suelo y me metieron en el patrullero hacia la comisaría. “Por estado de ebriedad en la vía pública”, dijeron.

Cinco años (cuento) Agosto 27, 2007

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Se levantó despacio. Fue hacia el baño, se miró al espejo y puso la ducha a correr. Bajo el agua caliente pensó en todo lo que iba a suceder en este dia tan extraño. El último.  Se secó y comenzó a afeitarse. Después de vestirse se dirigió a  la cocina y preparó café con leche con varias tostadas. Saboreó el desayuno como el manjar más preciado.

Recorrió las habitaciones de su casa y tapó los sillones y la mesa con sábanas viejas. Encendió la radio y se sentó mirando hacia la ventana. Era un día hermoso. Sacó un Parissiennes, fósforos, hizo fuego y esperó.

A las dos horas sonó el timbre. Tomó el bolso y fue bajando lentamente las escaleras. Llegó a la puerta del edificio y salió. Lo estaban esperando. Antes de subir al auto observó el cielo, el sol, la calle, los árboles. El sabía que durante cinco años iba a recordar este momento. los cinco años más largos de su vida. Los cinco años que debía pasar en la cárcel por haber asesinado a ese tipo. Al que se acostaba con su mujer.

El amante (cuento) Agosto 24, 2007

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El sabía de antemano donde se metía. La conoció al dar vuelta la esquina, la miró a los ojos y algo en ella lo puso nervioso. Quizás su inocencia, su corta edad, la cara de nena. Le habló poco esa primera vez, casi tartamudeando. Llevaba puesto el uniforme del colegio privado, sweater azul, jumper gris. Ella también estaba inquieta. Le pidió el teléfono poniendo cualquier excusa. La llamó esa misma noche, y a partir de ahí comenzaron a verse a escondidas. El se ausentaba del trabajo y ella se hacía la rata. Cada encuentro era apasionado, casi violento, se atraían y no dejaban resquicio sin acariciar.En cada lugar, en cada rincón dejaban huellas de saliva.

Pero él sabía que era el segundo. Que antes suyo había otro hombre. Tenía claro que jugaba el papel de amante. Ella estaba de novia con un chico que jugaba en las inferiores de J.J Urquiza, un equipo del ascenso. Al principio no le dió importancia, trataba de no sentir mas allá del momento, pero el tiempo lo traicionó y comenzó a enamorarse.

Intentó luchar por ese amor y se entregó por completo, pero  la pelea era desigual. El la tenía a veces y el otro todo el tiempo. Algo empezó a funcionar mal, las citas eran cada vez más cortas y espaciadas. Ella ya no contestaba los llamados y el intentaba en vano convencer al contestador automático.

Dejó de verla y se hundió entre bares y botellas. Olvidó los sentimientos, perdió el deseo de estar con otra mujer. Cada domingo leía el diario para revisar los resultados de las categorías menores y saber si aquel futbolista que le había quitado su tesoro jugaba en primera, y hacía una mueca semejante a una sonrisa cuando no leía su apellido entre los once.

El tiempo pasó veloz como de costumbre. Sus amigos fueron el sostén que evitó la caída en la noche, la misma que le sirvió como camino para encontrar otra mujer que abrazó su soledad. Pero en su cabeza seguía dando vueltas la imágen de aquel ángel con cara de niña que le había robado parte del corazón.

Esa chica es hoy una mujer. Los años sirvieron para el reencuentro. El tiene un buen trabajo en una productora de cine, ella se recibió de abogada y se casó con el ex futbolista que no llegó a primera y ahora atiende el kiosco frente a la plaza de Ramos Mejía. Cada tanto se vuelven a ver y pasan noches de ensueño, llenas de calor, sudor y caricias. Ahora trata de no sentir más allá del momento porque sabe que sigue siendo el segundo en su vida. Sabe que siempre tendrá un papel secundario. Tiene claro que solo será el amante.