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Fuego quemado (cuento) Septiembre 28, 2007

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Si no me equivoco, estuve casi tres meses sin salir de casa. Deprimido, sin ánimo para caminar las calles otra vez. Ella me dejó un dia de lluvia, de esos en que el cielo parece caerle a uno encima. Llegó, sacudió la cabeza intentando secarse el pelo, se paró frente a mi y prendió un Camel, ni siquiera se quitó el piloto. Fue muy clara, demasiado. Bajó la cabeza y sin esperar respuesta salió. Así de simple. Después de aquel portazo viví la época mas estruendosa. Alcohol, drogas, encierro. Era un ermitaño. No contestaba llamados, ni cartas. Deseaba no pertenecer mas a mi cuerpo.

Pero el tiempo logró cicatrizar la herida. Y de a poco volví a ver el sol, a mis amigos, a mi familia. Un año después conocí a la que hoy es mi mujer. La que supo comprenderme y apoyarme. Con ella aprendí que el amor se puede sentir de otra manera. Que la atracción física y sexual no es todo. Lola, mi esposa, tiene esa belleza simple, de chica de barrio. Con las curvas en su lugar, sin exhuberancias. Como dijo un amigo:”Es de la que te cruzás en la calle todo el tiempo”. Es la persona que me enseñó la palabra querer.

¿Y de aquella mujer?. De ella no supe nada hasta ayer. Cuando la crucé en una galería de Flores. Su figura seguía siendo tan llamativa como siempre. Me saludó con un gesto de sorpresa. Debe haber pensado que me había puesto un revólver en la sien después de su despedida. Me invitó un café y hablamos de los años transcurridos. Nada especial, solo que al irse me dejó su tarjeta perfumada con un “quiero volver a verte, te extraño” en la parte de atrás. Supongo que la escribió mientras estaba en el baño.

¿Y ahora?. La herida amenaza con reabrirse. Una parte de mi ha olvidado el dolor, pero la otra sigue mascullando rencor.¿Vale la pena regresar a la selva y enroscarse con una serpiente que intenta dejar otra vez su veneno?. Desde anoche no puedo quitarme esa maldita pregunta de mi mente. Miro a Lola sin dejar de amarla; recuerdo el pasado teñido de lágrimas color sangre sin dejar de recordar la pasión, el fuego.

Hace cinco minutos tomé una decisión mientras quemaba con el cigarrillo una tarjeta bordó impregnada de perfume francés. 

Veintiocho escalones (cuento) Septiembre 25, 2007

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La tarde se iba tiñiendo de noche. Las veredas comenzaban a vaciarse. La gente se apuraba por llegar a sus casas. Al doblar la esquina el paisaje cambiaba  notoriamente. Una calle angosta, vacía, con algunos autos estacionados y repleta de sucios edificios antiguos. Nunca le había prestado atención a ese rincón de la ciudad.

Pasé frente a una mujer que se apoyaba en una reluciente cupé de los años setenta.”Por veinte palos me hacés lo que te imagines”, me dijo. La miré, no estaba mal por la edad que aparentaba. Revisé mis bolsillos. Acepté. Me condujo hasta uno de esos departamentos venidos a menos casi en la esquina. Subimos las escaleras. Fueron veintiocho escalones. Abrió la puerta. “Tiráte por ahí”, me señaló.

El ambiente estaba bien decorado. Cortinas y sábanas color pastel. Paredes empapeladas al tono. Buen gusto y agradable aroma a lavanda.

Sentado en la cama la ví desvestirse y me dí cuenta que su equipo de prostituta le ayudaba bastante a mantener las formas en su lugar. Sus pechos y su cola fueron cayendo al mismo tiempo que la minifalda de cuero negra. Volvió del baño y se subió a mi para darle comienzo al juego. Cabalgamos en el colchón mientras nuestras sombras nos imitaban desde el techo.

Fue bueno. Me levanté y caminé hacia la heladera. Tenía sed. La cerveza estaba tibia.”Apuráte que tengo que seguir”, me gritó. Un ataque de ira se apoderó de mi. Clavé mis ojos en su espalda mientras me iba acercando con la botella en la mano. Ella seguía cambiándose sin mirarme. Los vidrios oscuros se confundieron con la sangre que brotaba de su cuerpo y mancharon el parquet. Me quedé con el pico en la mano. Le dejé los veinte palos mientras escuchaba sus gemidos sordos, sus puteadas. Bajé a la calle. Era de noche y las veredas permanecían desiertas.

Lo que estoy escuchando (tres) Septiembre 23, 2007

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Eddie Vedder:”Into the wild”
Banda de sonido de la pelìcula homònima dirigida por Sean Penn. Guitarra acùstica, ukelele y mucha paz. Solo el gran cantante de Pearl Jam, pocos coros. Ideal para fogòn. Escucharlo te transporta a un bosque, a un atardecer en la playa.

Andrès Calamaro: “La lengua popular”
Volviò con todo su talento. Màs maduro, alejado de las drogas y con una hija. Se asemeja a los temas de Los Rodriguez, porque màs allà de su toque pop habitual mete algunos rocanroles. Habla de su mujer, de su edad y de su temor a la muerte.

Hard-Fi:”Once upon a time in the west”
Aparecieron como la gran esperanza en su primer cd y me hizo acordar a “Sandinista” de The Clash. En este segundo trabajo cambiaron algunos conceptos. Muy escuchable, agradable para aquellos que seguimos añorando la new wave de fines de los 80 con toques punkies.

Foo fighters:” Echoes, silence, patience & grace”
Rock alternativo al palo, aunque no tan crudo como en el trabajo anterior. Baladas fuertes, rock duro sin llegar al heavy metal. Lejos de lo bueno hecho en su debut hace varios años, pero mejor que lo grabado en el ùltimo tiempo. Vale tenerlo en cuenta.

Felicidad carioca Septiembre 21, 2007

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A los 35 años conocì Rio de Janeiro. Algunos compañeros de trabajo se sorprendieron cuando les comentè que era la primera vez que iba a la ciudad màs bonita do mundo. Eso dicen los cariocas.
En realidad estuve dos dias y solo recorrì Barra de Tijuca, la playa del sur, la zona exclusiva, el lugar donde se alojan los adinerados de la zona. Hoteles lujosos, condominios de ùltima generaciòn, calles limpias y seguridad por doquier.
Segùn me dijeron, el resto de las playas: Ipanema,Leblon y Copacabana, son màs populares, con playas inmensas pero con un incesante ir y venir de la gente, muchos comercios, por lo tanto, la suciedad està presente en cada esquina. Eso sì, las fuerzas policiales vigilan que no bajen a robar desde las favelas como lo hacìan años atràs.
Ahora uno entiende la alegrìa brasileña y siendo màs precisos, la felicidad carioca. En Brasil hay un dicho muy conocido:”Lo que trabajan los paulistas se lo gastan los de Rìo”, y es entendible. En invierno la temperatura no baja de los 20 grados, la arena se asemeja por su claridad, color y textura, al azùcar impalpable. La gente sale a correr, anda en bicicleta y va a la playa en cualquier momento. Tienen gran variedad de frutas, mariscos y cerveza, mucha cerveza.
No fuì al Cristo Redentor (una de las nuevas 7 maravillas del mundo), tampoco al Estadio Maracanà (el màs grande del mundo), pero sì pasè bordeando “Ciudad de Dios”, el barrio de emergencia que se hizo famoso despuès del film dirigido por Fernando Meirelles. Aunque comparado con las villas de emergencia que existen en los alrededores de la Capital, no parece tan humilde.
Ese fue mi primer vistazo de Rìo y debo admitir que me agradò. Espero no tardar 35 años màs en regresar.

Sueños Truncos (cuento) Septiembre 15, 2007

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De pequeño tenía un sueño, ser jugador de futbol. Pasaba horas frente al televisor mirando a sus ídolos e imitando gambetas en el aire. Su padre lo llevaba a la cancha domingo de por medio, cuando su trabajo se lo permitía. Allí gritaba, sufría y ensayaba sus primeras puteadas a los árbitros. Jugaba en el barrio, en la plaza con los pibes después del colegio. Ya le habían dicho que debía terminar la primaria y hacer el secundario, que si tenía buenas notas lo iban a dejar hacer la prueba para entrar en algún club.

Y él cumplió. A los trece años se fue al entrenamiento del club de sus amores, San Telmo. La mochila con ropa y temores fueron los únicos testigos de esa primera práctica en cancha de once. Le gustaba jugar adelante, sin puesto fijo, era zurdo, algo bajo para su edad, pero se las rebuscaba. Arrancó de wing esa tarde de verano y con el correr de los dias el técnico lo fue retrasando, primero como volante y a principios de marzo como tres. Lo ficharon allí, de lateral izquierdo de la novena.

Los años pasaron tan rápido como ese bachillerato incompleto en tercero. El reparto de la fábrica de galletitas y la rutina de ir a entrenar cuatro veces por semana culminaban con el partido de los sábados. El físico cuidado, fibroso, despejado de vicios lo ayudaron a pasar de categoría sin lesiones, con buenos partidos y varios goles, algunos inolvidables, como aquel a Lamadrid que le dio el pase a las finales de la cuarta, entrando por el segundo palo y tirandose de palomita a pesar de su escaso metro setenta.

Unos dias antes de cumplir dieciocho tuvo una gran noticia. Un club de primera, de los grandes, se había interesado en él. Era un dia de gloria, se sentía feliz. No había debutado en su equipo y ya lo habían marcado. No era mucho dinero pero importaba poco. Solo deseaba estar allí, con las figuras, ganarse un lugar, como lo hubiera querido su viejo. Lo vendieron.

Después de varios entrenamientos con el primer equipo se lo notaba distendido, maduro, sobrio con el balón, hasta daba indicaciones pidiendo relevo cuando subía al ataque. El técnico lo llamó aparte y le dijo las esperanzas que había puesto en su contratación. Le dio confianza y lo confirmó como titular para el debut ante Lanús.

La noche anterior, en la cama de la concentración, recordó sus sueños de pibe, su televisor, los botines depedazados, la camiseta de la selección con el diez de cuerina a medio surcir, la sonrisa desdentada del padre, las lágrimas de la vieja cuando cambió libros por pelotas. Estaba a horas de hacer realidad lo que había anhelado desde que tenía uso de razón. Y se durmió contento, como cuando era chico.

Subió al túnel. Entró a la cancha. Las tribunas repletas gritaban enloquecidas. Sus manos sudaban, las rodillas no dejaban de moverse. El gran capitán se le acercó, lo rodeó con el brazo sobre el hombro y le dio tranquilidad. Jugó y lo hizo en forma aceptable, cumplió y ver un 6 en la calificación del diario del lunes lo dejó tranquilo.

Con el correr de los encuentros ganó la titularidad, y a lo largo del torneo se fue afianzando. El periodismo lo señalaba como un jugador con futuro europeo, y algunos hasta exageraban pidiéndolo para la selección marcando la escasez de laterales izquierdos en el país.

Faltando una fecha para terminar el campeonato, su equipo, que había clasificado a la Copa Libertadores, visitaba a Ferro que no jugaba por nada. Irían 20 minutos del segundo tiempo, el partido no se movía del cero. Fue a trabar una pelota con el delantero local, y sintió un escalofrío inmenso en su pierna derecha. Fractura de tibia y peroné fue el diagnostico.

Tardó un año en volver, y cuando lo hizo, su puesto ya lo ocupaba otro. Tendría que esperar su turno sentado en el banco de los suplentes. Pasaron los dias y la hora del regreso se alejaba. El técnico que lo hizo debutar ya no estaba y al actual no lo convencía su forma de moverse en el campo. Lo dejaron libre. Se paseó por varios equipos del ascenso y después jugó en ligas del interior. Pero no fue el mismo. Todos lo olvidaron. Sus compañeros, los reporteros, los hinchas. Ni siquiera se le acercaron los dirigentes del club de su barrio.

Hoy recuerda sus sueños truncos mirando el futbol por televisión en el mismo bar donde me emborracho yo cada noche que necesito olvidar. En el bar frente a la estación.

Tierra de nadie Septiembre 12, 2007

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Pedro Juan Caballero (Paraguay)

A mediados de 1999 estaba cubriendo la Copa América de futbol en Paraguay. Nuestra base era Asunción, donde teníamos los estudios y de allí viajábamos hacia las otras sedes. Pero en la última fecha de la primera fase, el grupo que conformaban Perú, Bolivia, Japón (invitado) y el seleccionado local, se trasladaba más de 500 kilómetros, a Pedro Juan Caballero, en la frontera con Ponta Porá, Brasil. El viaje en avión no duraba más de dos horas, pero las intensas lluvias en aquella zona provocaron el cierre del aeropuerto. Había dos posibilidades: relatar el partido desde el centro de prensa o viajar en auto. La decisión de los directivos de la radio fue ir a la cancha.

La jornada doble arrancaba a las 19, por lo tanto salimos a primera hora para no tener inconvenientes. La camioneta, con dos choferes paraguayos, tenía ocho asientos, contando el del acompañante. Nosotros éramos cuatro: relator, comentarista, jefe técnico y campo de juego, o sea yo. Salimos a las 9 después de desayunar con un pequeño bolso de mano cada uno.

Las rutas tenían dos carriles, uno para ir y otro para volver. No existían las banquinas en la mayor parte del trayecto. Los  baches y pozos se sucedían con demasiada frecuencia. La señal de celular desapareció a la hora de haber partido y cada tanto se cruzaban cebúes por el medio del camino. El tiempo transcurría como de costumbre, segundo a segundo, pero para nosotros todo era eterno. Habíamos calculado antes de partir, que a lo sumo, en ocho horas llegaríamos, teniendo en cuenta dos detenciones: una para almorzar y otra para necesidades fisiológicas. Pero faltaban 45 minutos para que arranquen los encuentros, y la delegación seguía sobre la ruta, sin olvidar que los conductores (lo confesaron luego) dialogaban en guaraní para que no sepamos que se habían extraviado.

Como siempre ocurre, un baqueano de la zona recomendó un atajo, y un rato antes del pitazo inicial, estábamos en la cabina. Aunque gran parte del primer tiempo se transmitió por teléfono de línea ya que no hubo chances de armar el equipo técnico. Lo que nos llamó la atención es que en la entrada del estadio, de cemento y con tribunas pequeñas, al lado del estacionamiento embarrado había un palenque. Pude ver ,y no miento, como se mezclaban las 4×4 y los BMW con bonitos ejemplares de equinos.

Los encuentros fueron jugados bajo una humedad irritante y por momentos con espesa niebla, lo que obligó al árbitro a detenerlos en varias oportunidades.  Al terminar decidimos  que lo mejor  era ir a cenar y pasar la noche allí. Pero en esa ciudad la capacidad hotelera estaba colmada y el único restaurante abierto quedaba en el límite con Brasil.

Esa calle se denominaba tierra de nadie y según los habitantes del lugar podías encontrar lo que quisieras. Desde accesorios para el auto hasta puertas blindadas. El boulevard separaba los países. Mientras buscábamos el sitio para comer vimos grupos de personas en cada esquina que nos miraban con cara de pocos amigos. Íbamos a poca velocidad lo que les resultaba sospechoso. Eso imagino, porque no me bajé a preguntar.

El sitio era deprimente, aunque estaba repleto. Una luz ténue, amarillenta, mesas desmanteladas de madera, sillas que crujían en cada movimiento. El menú era escaso, y preferí ir a lo seguro.  Sandwich de jamón y queso. No acepté la sopa. Demasiado poco para un estómago que reclamaba desde hacía horas. El mozo parecía un buen hombre y se quedó charlando con nosotros. Nos contó los problemas que había con el tráfico de drogas ya que es una zona selvática y los narcos se escondían por allí. Y también nos relató historias que daban miedo:”El negocio que mejor funciona es el de las funerarias. Aquí la traición se paga con la muerte. Ya sea una deuda o una infidelidad.”. Nos miramos y sin decir palabras, todos  pensamos lo mismo: volver hacia Asunción.

Aún recuerdo el regreso. Detrás del micro que llevaba a la selección japonesa, siguiendo las luces porque la neblina no dejaba divisar ni siquiera los costados de la ruta. Todavía tengo en mi mente la cara de los jugadores nipones cuando hicieron una parada en una precaria estación de servicio. Haciendo cola para orinar en una tapera con solo un agujero en el piso. Hablaban sorprendidos, sonreían, filmaban y sacaban fotos con cámaras digitales. Nosotros todavía teníamos máquinas con rollo.

El mensaje (cuento) Septiembre 10, 2007

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La ruta estaba poco transitada. Los primeros dias del otoño habían atemorizado a los conductores. A mis costados el campo amarronado y a lo lejos luces titilantes. Siempre me pregunté quienes vivirían allí, en esas casas que se ven pequeñas desde el camino.

Llegué a Villa Gessell. Su aspecto era distinto, el verde de los pinos apagado, las calles limpias de personas, las playas escondidas bajo las olas de un mar furioso de abril. La ciudad estaba tal como era, sin el maquillaje del verano, a cara lavada.

Estacioné el auto. Tomé el desayuno en el único bar abierto y salí a caminar por la costanera. Calle de buenos y viejos recuerdos.  Amigos, mujeres, peleas, borracheras, remembranzas de una época que ya no volverá. Mientras me acercaba al mar, el agua salpicaba la orilla y golpeaba mi cara dejando restos de sal en mis labios. Extraña sensación de poder infinito.

Seguí hasta el muelle observando cada casa, cada nube, cada una de las pocas personas que pasaba cerca. Toqué la puerta en casa de Mariano varias veces sin recibir respuesta. Hice seis cuadras más hasta la casa de su novia pero solo escuché los ladridos del perro en el fondo. Putié. Ambos sabían que venía a visitarlos y ni siquiera me estaban esperando. Tenía frío y poco abrigo.

Agüarde un rato, 45 minutos, quizás un poco más, y decidí volver. Esta vez por la Avenida 3 hacia el centro donde había dejado el coche. Enganchado entre el limpiaparabrisas y el vidrio una hoja de papel mal cortada y húmeda escrita con birome azul : “tu sangre es agria…tus gritos muerte…tus ojos espinas…tus manos puñales…Sandra”. Encerré el mensaje en un puño. Miré hacia los costados. Temblé. Pensé en ir a la comisaría. Dudé. Intenté serenarme y dí vueltas por la ciudad.

Anduve hasta la noche, fuí a los sitios más alejados, a lugares marginales. Me metí en bares donde solo entran los lugareños que tienen al silencio como mejor aliado, y ni siquiera ellos esbozaron una respuesta a mis cientos de preguntas. Desesperado y sin ideas claras decidí volver a Buenos Aires.

Hoy se cumplen tres años de aquel día y ayer fue el tercer aniversario del asesinato de Mariano. Sandra sigue internada en el neuropsiquiátrico con esquizofrenia múltiple. Nunca la fuí a visitar.        

¡Es una nena! Septiembre 6, 2007

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Ayer, mièrcoles 5 de septiembre, salìa del canal despuès de haber hecho el programa en Fox Sports, y al dar vuelta la esquina escucho la señal de mensaje de texto en mi celular. El texto era breve, con signos de exclamaciòn incluìdos:¡ES UNA NENA! con letras mayùsculas. La hora exacta 16.13, el remitente, mi esposa. El motivo, me informaba el sexo de mi tercera hija, la que habìamos buscado 17 semanas atràs, despuès de dos varones revoltosos de 7 y 6 años. Me brotò una sonrisa, la llamè y le dije que la querìa.
Las 7 cuadras que faltaban para tomarme la combi que me llevaba a casa fueron testigos de mis pensamientos mudos. De las preocupaciones, de la alegrìa, del temor, de la satisfacciòn. Una niña en la familia. Me hice mil preguntas que no tuvieron respuestas. Las mismas que se puede hacer cualquier padre. No sè, tengo tres hermanos,dos hijos, todos varones. Creo tener miedo pero no terror.
Ahora pensar que todo va a estar bien, que el embarazo seguirà como hasta el momento. Me volverè a preparar para presenciar el parto, como ya lo hice antes. Hacerles entender a Joaquìn y Valentìn que su hermanita no les sacarà lugar. Decirles que se llamarà Victoria y que ella no tiene la culpa que por primera vez las vacaciones las pasaremos en Buenos Aires porque llega a fines de enero y mamà no puede viajar.

La ciudad infinita Septiembre 5, 2007

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San Pablo

Mi primer viajé como cronista fue en julio de 1998, hacía poco tiempo que me habían designado para seguir la actividad de Racing Club y debía seguirlo a todos lados. Entrenamientos, concentraciones, partidos, reuniones de dirigentes y todo lo que rodeaba al equipo. En esa época se jugaba la Copa Mercosur, donde participaban todos los que habían ganado la Libertadores alguna vez. Dos días antes del partido, el Gerente de la radio me llamó, me dió el pasaje de avión, viáticos por tres noches, el voucher del hotel y un celular. Me palmeó la espalda y me deseó suerte. Salía a la noche.

Nervios, ansiedad, placer, desesperación  fueron solo algunos de los sentimientos que experimenté en las horas previas a mi primera cobertura internacional. Llamé a mis padres, a mi mujer (que en ese momento era novia), a mis hermanos y amigos para contarles la novedad. No necesitaba pasaporte, aunque lo poseía, pero no sabía -ni sé- hablar portugués. Me enviaron un remìs y de ahí al Aeropuerto de Ezeiza.
LLeguè a Guarulhos, a 20 kilòmetros del centro, mirè a mi alrededor para observar algùn rostro conocido que nunca apareciò. Las casas de cambio estaban cerradas y tratè de arreglar con un taxista el pago en dòlares. Desde ese dìa sè que se puede arreglar el costo de un viaje en cualquier parte del mundo. Todos tienen precio.
Tras 15 minutos de recorrido comencè a ver los edificios, las luces y un movimiento inusitado para esa hora (serìan las 23), le preguntè al conductor cuanto faltaba y me contestò que en 20 estarìamos en el hotel. Lo primero que pensè es que me iban a estafar, que me harìan dar vueltas por toda la ciudad; despuès supuse que me llevarìan a alguna esquina oscura y me asaltarìan. Mi perfil daba justo. Pero nada de lo que malpensaba sucediò.
Pasàbamos calles, avenidas, casas bajas y cuando uno esperaba el final de la ciudad, èsta renacìa con grandes moles de cemento, autopistas y autos, mucho autos, que despedìan un aroma especial, algo rancio (despuès descubrì que era alconafta, la mezcla de la gasolina con el alcohol y que es el combustible de la mayorìa de los autos brasileños).
El viaje terminò sin problemas, aunque el temor comenzò al otro dìa cuando me dijeron que el Estadio Morumbì, donde Racing enfrentaba a Corinthians, quedaba en la otra punta de la ciudad, a hora y media y que con el caos de trànsito podìa tardar aùn màs. Mirè un mapa, contè los billetes que me quedaban e hice cuentas.
A partir del otro viaje estudiarìa la ciudad que iba a visitar, y pedirìa màs dinero.

El último adiós (cuento) Septiembre 1, 2007

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Todavía recuerdo sus ojos tristes cuando se despedía. Su nariz apoyada en la ventana. Las lágrimas y  una mano tímida  amagando un saludo.

La conocí en uno de esos lugares donde la noche tiene principio pero no final. Yo había bebido varias medidas de whisky berreta y el piso se movía como un tsunami. Cuando me clavó la mirada intenté convidar una sonrisa como respuesta, pero se pareció más un gesto de asco. Se acomodó a mi lado y charlamos. Por favor no me pregunten de qué. Solo recuerdo que me describía como triste y lindo. Fue un flechazo para mi corazón sediento de afecto.

Después vino un tonto musculoso, bañado en gel, oro y perfume importado que la tomó del brazo para hacerla desaparecer por la puerta de entrada. Salí a la calle y solo ví la parte de atrás del descapotable rojo bajar por la avenida hacia el sur. Jamás la olvidé.

Pasaron los dias, alguna chica, varias fiestas y soberanas borracheras. Solo quedaron los amigos, el bar y un recuerdo cruel. Fueron dos los malditos años que esperé para volver a verla. Y la crucé en la estación. Arriba de un tren que llevaba rumbo desconocido, puertas cerradas y pasajeros fantasmas. La ví en el peor momento, en la despedida. Porque sabía que ese era el último adiós.

No recuerdo nada más de ese día. Salvo la imágen de aquellos policías que me levantaron del suelo y me metieron en el patrullero hacia la comisaría. “Por estado de ebriedad en la vía pública”, dijeron.